lunes, 15 de diciembre de 2014

Solidaridad Nacional

Hace ya años que porfio contra lo políticamente correcto. Es algo que nos me da mal del todo: puedo ser bastante borde si quiero, la masa me repele y no soporto a las personas que graznan sin criterio alguno. No he sido educada para callar y desde bien pequeña aprendí a adorar la libertad, la verdad y la inteligencia. Durante los 34 años que llevo en este mundo he soportado muchas veces que me llamen facha, radical y no sé que otras tonterías por manejar unas ideas independientes y reflexionadas. Pero, claro, a quién tiene ideas de piel fina sólo le queda escudarse en descalificar al otro y convertir la sociedad en una estupidez políticamente correcta, disculpen el pleonasmo.

Ayer este país llegó al paroxismo de la corrección política en un burdo ejercicio de cinismode los dirigentes de un Gobierno que ha dejado de gobernar. Estos se dejaron ver por el aquelarre anual de La Marató de TV3, evento ya tradicional destinado a recaudar fondos solidarios para una u otra causa. Este año tocó las enfermedades del corazón.

Cada año antes de Navidad la cadena autónomica emite un larguísimo programa en el que gentes de la farándula artística, social y cultural de Cataluña prestan un rato de su tiempo para coger el teléfono de los donativos, actuar, dar una entrevista o cocinar en directo, por ejemplo. En esta edición, ¡sapristi! a él asistió lo más granado del latrocinio nacionalista en busca de la pela solidaria para unos hospitales que ellos mismos han esquimaldo. O sea, que se pedía para investigar sobre las enfermedades del corazón que matan a uno de cada cuatro catalanes y a la vez se cierran las urgencias de los hospitales durante la noche. Asombroso.


Parece increíble, pero sí, sí. Bajo el ala de TV3 pudimos ver a Quico, Andreu, Mónica, Joana, Marta, Carme, Joel, Boi y toda la claca que lleva años chupando del bote de lo público, hospitales y centros de salud incluidos.



Ellos sonreían, se hacían fotos, cogían el teléfono y cuando pensábamos que el tema ya no daba más de sí. ¡Otra sorpresota! Aparecen Artur y Helena, con actitud de despedida de soltero y risa fácil. Se conoce que aparecer de esa guisa por el plató les hacia mucha gracia, estaban en la cresta de la ola, todo era maravilloso. Y ¿cómo si no?


 


Semejante espectáculo retrata bien la opinión de estos señores sobre los ciudadanos que les votan y a los que mangonean como si no hubiera un mañana. Twitter se incendió y hubo quién se sintió muy ofendido con los comentarios jocosos que se versaron sobre estos siniestros personajes: Pero, ya se sabe que quién se pica, ajos come. Pretender que las personas se traguen toda la mierda que genera esta gente es, cuanto menos, de un matonismo fuera de lo común.

Como guinda, os dejo dos datos. La recaudación ha alcanzado los 8.864.016€. Y el Molt Honorable President de la Generalitat de Cataluña cerró su presencia en el sarao con la siguiente frase: ‪"#‎LaMaratoTV3‬ demostra que som un país de molta qualitat i de molt bona gent".

Ejem.


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Nota mental
Tengo que comprar papel de váter.


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Sector
Arde.

Luis Sanz, exconsejero delegado de Intereconomía ha sido detenido por orquestar la caída del servidor de PR Noticias, en 2013 y tres hackers mediante. Según leo, esto empujó al portal a estar tres semanas inoperativo, durante las cuales habría dejado de ingresar 425.000€. El porqué parece residir en las noticias desfavorables que los periodistas de PR publicaban sobre Intereconomía.

Todo muy espectacular. Hay un hacker libanés, PR Noticias ha inciado una campaña con el #PRNosecalla, los Ariza se niegan conocer este ciberataque y los demás nos enteramos del buen hacer de la Unidad de Investigación Tecnológica de la Comisaría General de Policía Judicial.

Por otro lado PedroJota sigue a la greña con García-Abadillo y desde Prisa le andan buscando las vueltas a Roures, que ha logrado acudir al Fogasa, llevar a la quiebra a sus productoras y desviar 250 millones de euros a paraísos fiscales, todo en una misma vida.

Ah. Y los dinosaurios del la AEDE ahora lamentan la marcha de Google News y miran, ensimismados, las pelusas que se les meten en el ombligo. Mientras, pierden una sustanciosa parte de su tráfico y sus ingresos y le lloran al papá gobierno

Estos últimos días he estado viendo y leyendo mucho sobre mafia. Era todo ficción hasta que me he puesto al día con la prensa.

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Momento musical, Give it Away, de Zero 7. Del 2001, cuando visitar El Café del Mar y escuchar a Pompougnac en el Hotel Costes tenía cierto glamour.










domingo, 14 de diciembre de 2014

Santa María del Mar

Suelo visitar a menudo la preciosa iglesia de Santa María del Mar, uno de los templos más hermosos que conozco. El paseo sale desde la Estación del Norte, fcruza por paseo de San Juan y su Arco del Triunfo y luego se pierde por las sinuosas y vivas calles del Barrio de la Ribera. A veces por la calle Comercio, otras dando un rodeo por Carders o recorriendo Sant Pere més Baix hasta el Mercado de Santa Caterina: dejo que mis pasos dibujen el plano y llego. Al final siempre llego.



Hay, eso sí, un lugar que evito. El mal gusto nacionalista ha sovietizado la antaño encantadora plaza Comercial, situada enfrente del Mercado de El Born y ha convertido lo que debiera ser una bibliotica provincial en una suerte de mausoleo a los caídos en la guerra de sucesión y patrocinado por una marca de cerveza. A los caídos, claro, que apostaron por el bando perdedor y cuya derrota se rememora cada 11 de septiembre en un absurdo aquelarre de enseñas, antorchas y discursos totalitaristas. Los alérgicos a la bandera deben evitar hoy esta plaza, en la que se han sustituido los árboles que sombreaban los estíos por una enorme bandera catalana y un pavimento de cemento armado y escasa gracia.

Evito, pues, el mamotreto y camino hasta el templo.

En verano los alrededores de la Basílica de Santa María del Mar adolecen de una cantidad de turistas despistados y a medio vestir que llega a hacerse incómoda. Si no ha llovido en días, las calles huelen a orín y espacio cerrado, poco ventilado y cargado de humedad. En invierno la zona es una delicia, sobre todo por la noche, cuando las farolas iluminan el suelo con un halo tenue que realza las superficies rugosas de las paredes medievales, los pórticos ovalados y los minúsculos escaparates de los talleres en los que trabajan artesanos locales. Con frío, el barrio se muestra más silencioso, más solitario y más denso.

De estilo gótico mediterráneo. De nave única. Desnuda. Sencilla. Elegante. Sólida. Austera. Y muy bella. Desde fuera parece un edificio chato y robusto, enclavado en un espacio angosto y nada atractivo. En la fachada principal apenas destaca un enorme rosetón y unos modestos bajorrelieves que poco se asemejan a las flamígeras veleídades del gótico del norte de Europa. Luego, se entra en la Basílica y ¡pum! Uno empieza a asombrarse del contraste entre el fuera y el dentro.

Lo que fuera es macizo y contundente es dentro fino y ligero. El espacio parece multiplicarse y crecer, sostenido por unas elegantes y ágiles columnas octogonales que se elevan hacia el cielo y candan en unas bovedas decoradas con motivos religiosos. Aquí todo es armónico, agradable y comedido. La luz difusa, suave y tenue se filtra a través de unos vitrales coloristas que narran la historia de Santa María del Mar, desde que fuera construida durante el siglo XIII por los pescadores y estibadores que habitaban en el entonces popular barrio de la Ribera.

En el ábside la frecuencia de las columnas aumenta, dando relieve a la parte más sagrada del templo, que sigue destinada a la liturgia y en la que a menudo se dan conciertos de música sacra, desde Händel hasta gospel con sabor a jazz. A veces también se canta durante la misa para sorpresa de los guiris que intentan, en vano, retratar el momento con los objetivos de sus cámaras. Ellos están poco rato, dan un vistazo rápido y salen en busca de la siguiente parada. Resulta curiosa la actitud ajena de los que siguen misa obviando el trasiego que los rodea. Observar a los humanos siempre me ha parecido un ejercicio interesante y, aquí, puedo hacerlo sin que nadie se ofenda.

También merece la pena sentarse un rato en uno de los bancos de madera del templo y dejar que la paz de unas piedras hermosas y centenarias inunden el espíritu. Y luego, para celebrar que conoces este encantador rincón de la ciudad puedes subir por Montcada y tomarte unos vinos en el Xampanyet o el Euskal Etxea. Enfilar hasta Princesa a comer un arrocito en el Senyor Parellada o una fondue en la Cua Curta. O seguir por el Passeo de El Born y beberte un mojito en el Berimbau o en el Pitín Bar.


jueves, 11 de diciembre de 2014

La esfera de las cosas buenas (cuento dedicado)

Érase que se era un niño rubio de ojos azules que habitaba cerca del mar, a pocos metros de unos acantilados que cortaban el océano. Era este un niño despierto e inteligente que pronto entendió que el mundo se podía modelar y se propuso hacer de él un lugar mejor. Primero, observó y vió que si apretaba un interruptor se encendía una bonita luz, que si pulsaba una tecla salía una hermosa nota y que si giraba una palanca un motor se ponía en marcha.

Todo aquello le entusiasmó y decidió que su vida se construiría gracias a los botones, las teclas, los interruptores y las palancas. Haría un panel esférico del que surgiría todo aquello que le gustaba.

El niño buscó en todos los rincones del mundo los mejores botones para construir su esfera y a cada uno de ellos le asignó una función. La tecla negra serviría para borrar las pesadillas, la amarilla para invocar a la lluvia, la verde para hacer chocolate, la roja para llenarse de besos, la naranja pedir pedir al sol que saliera, la morada para aprender lo desconocido y así con todas las cosas que le gustaban. Dibujó unos planos y empezó a construir su esfera en secreto pues pensaba que un invento como ese sólo se podría enseñar cuando estuviera acabado.

Un día los mayores se llevaron al niño de ojos azules a una isla remota donde hacía calor y olía a maíz. El pequeño se encontró con su maleta ya hecha. Había que irse ya y no tuvo tiempo de llevarse la esfera de los botones de las cosas buenas que tenía a medio construir.

El niño creció y olvidó su esfera de los botones de las cosas buenas. Seguía siendo una persona despierta e inteligente, de modales agradables, pelo rubio y unos ojos azules que brillaban cuando algo le interesaba. Era un hombre sabio y feliz y así lo veían los demás. A veces, pero, le embargaba una nostalgia que no acababa de entender. No sabía qué era lo que echaba de menos. Era algo importante, eso seguro, pero no sabía qué.

Una noche recibió una llamada: tuvo que volver rápido hacia el norte, allí donde los acantilados cortaban el océano y el aire sabía a salitre. Llegó tarde, cuando ya no se podía hacer nada y se refugió en la casa donde había vivido de niño para pasar el duelo y digerir la tristeza.

Y, allí, enterrados entre antiguas sábanas y juguetes de infancia encontró los planos de la esfera de las cosas buenas.

Hoy el hombre rubio de ojos azules sigue fascinado por los botones y construye su esfera con paciencia. Vive cerca de los acantilados que cortan el océano y sabe que algún día acabará su trabajo y que, entonces, podrá hacer del mundo un lugar mejor.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Vamos a dar un paseo y te lo cuento

- Soy Manuel, dile a Eva que se ponga, que tengo que hablar con ella de su coche.
- ¿Qué le ha pasado al coche? No sabía que Eva tuviera un coche.
- Pues sí y parece que ha habido un accidente. ¿Me la pasas, por favor? Que tengo que hablar con ella.

Eva cogió ofendida el teléfono que Pedro le tendía. Le molestaba mucho que lo cogiera sin su permiso. De hecho, le molestaba mucho que Pedro tocara sus cosas. Una vez lo pilló rebuscando en los cajones donde guardaba la ropa interior, las bragas, los sujetadores y las medias. Desde entonces no podía soportar que tocara sus cosas.

- ¿Sí?
- Eva, soy Manuel, lo siento, vas a tener que venir al depósito de la Guardia Urbana en cuánto puedas. Tu coche está aquí.
- ¿Qué? ¿Cómo que mi coche está ahí?
- Eva, no tengo tiempo de discutir, ¿puedes venir al depósito ahora? Es el de la ronda del Litoral, coge un taxi y ven para aquí. No le digas nada a Pedro.

Miró a Pedro de reojo. Este la contemplaba con una media sonrisa abierta hacia la derecha de su cara y que arrugaba la enorme cicatriz que tenía en la sien. Era una herida repulsiva, mal cerrada y con las puntadas de las costuras aún visibles.

Colgó. Pedro la seguía mirando con cara de bobo, con las cejas levantadas y los ojos muy abiertos.

- Me voy. Ha pasado algo con mi coche. Tengo que ir al depósito del Litoral a ver qué ha pasado.

Pedro no replicó y amplió el radio de su sonrisa. La cicatriz casi desapareció tras las comisuras de una boca que se estiraba feroz por la parte baja del rostro cara. Feroz y estúpida.

- Me cojo un taxi. No tardaré nada, supongo, aclaró Eva.

Pasó rozando el cuerpo de Pedro, que bloqueaba a medias el quicio de la puerta de la cocina. Se hizo con el bolso, las llaves, la cartera y el teléfono y salió de casa dando un portazo airado. Eva ya no podía soportar a ese imbécil ni un minuto más, odiaba su sonrisa de hiena, su asquerosa cicatriz, su aspecto de gorila de discoteca y su discurso de mierda.

Paró taxi conducido por un pakistaní que movía la cabeza al ritmo de la música folk que salía del aparato de radio. La tapicería del coche olía a rancio y dos enormes dados rosas colgaban del retrovisor.

- Al depósito de la Guardia Urbana del Litoral. ¿Sabe dónde es?, indicó Eva.

El taxista arrancó y en cinco minutos llegaron a la boca de entrada al depósito. Eva bajó rápido y buscó con la mirada a Manuel, a quién encontró apoyado en una valla. Se había cortado el pelo recientemente y lucía un abrigo nuevo, largo y a juego con unos elegantes zapatos de cuero que nunca le había visto antes. Claro que hacía casi dos años que no lo veía, desde el asunto aquel del prostíbulo de la calle Comerç.

Guapo, está muy guapo. Vaya estilazo que ha cogido estos años, pensó Eva antes de saludar.

- ¿Qué pasa, Manuel? Dime, ¿para qué me llamas?
- Eva, siento las formas. Quieren matar a Bermúdez. Vamos a dar un paseo y te lo cuento.


viernes, 5 de diciembre de 2014

Ciudades

Las ciudades invisibles de Italo Calvino es uno de los libros más hermosos que tengo. Tramado con maestría de orfebre y escrito con el verbo justo, sus historias nos llevan de viaje, como al emperador y como a Marco Polo, hasta esas ciudades imposibles y raras que sólo pueden existir ahí. En el libro.


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No me ven
Caminar por una ciudad, aún sea la propia, la que se habita, invisibiliza. Paseas, miras escaparates, observas a los demás pero a ti nadie te ve.

Si uno quiere estar sólo o se desdibuja en la ciudad o se aísla en un ermita.


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Bufanda
No tengo bufanda. Las perdí todas en la última mudanza. Ha llegado el frío y yo me he cortado el pelo, así que ando por ahí con la nuca destapada y a merced del viento. De momento ya he utilizado una boina, roja. Pero no tengo bufanda.

Igual me compro una. Debería ser roja. ¿Creéis que una bufanda roja puede traer buena suerte?

Igual sí, igual no. Quien sabe. Pero seguro, seguro, seguro que es bonita.


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Momento musical, la versión del Cantaloop de US3, del 93.


martes, 2 de diciembre de 2014

Una micra de actualidad

Asisto con alivio al final de este año de mierda. Isabel II tuvo el suyo y ahí está, con su armiño por sus aposentos de Windsor. Si yo sobrevivo a este será un milagro.

Y los milagros hay que aprovecharlos. God Save the Queen!


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Arcas
Los nacionalistas han decidido hoy muñir más a la exangüe arca pública y así financiar sus paranoias. Que si más embajadas, que si más hacienda propia, que si más blablablabla. Eso sí, será el gobierno central quien tenga que poner la cartera. Cojonudo.

Muy cansino y muy caro.


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Fútbol
Quedar para un duelo al amanecer a base de palos es de idiotas. Ir a darse de palos de todavía más idiotas. Luego, todos a rasgarse las vestiduras y quitarle plomo al muerto. Un asesinado no debe parar el espectáculo.


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Momento musical, el queridísimo tema de E.T., que tengo ganas de ver esa película. A ver si ahora que viene navidad.


 

lunes, 1 de diciembre de 2014

No abrir

- Si llaman a la puerta, no abras.

Te lo repitieron tantas veces que le cogiste miedo a la puerta. La mirabas con recelo cada vez que creías ver una sombre en la mirilla e, incluso, una vez estuviste segura de ahí había alguien.

Aquel día te sentaste en el suelo sin apenas respirar, que eso hace mucho ruido y tu no querías que nadie te oyera. Si eso pasaba, llamarían a la puerta y entonces tendrías que contenerte para abrir. Estuviste ahí un buen rato. Un par de horas quizás. Contaste hasta cien tres veces y reptaste hasta el final del pasillo, ahí donde estaba la última habitación.

Desde ese lugar acechaste la llamada sin dejar de mirar la puerta y esa luz intensa que cortaba las ranuras. Un cambio en la intensidad te aseguraría de que iban a llamar. Y si eso sucedía, jamás abrirías. Te lo habían repetido muchas veces: si llamaban, no había que abrir.

La luz del otro lado de la puerta desapareció con un zumbido seco. Te agazapaste más aún, ya casi vivías pegada a la esquina más alejada de la puerta. Seguías mirando a la puerta, pero ya no veías nada.